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  La herencia del 9-11: la narrativa del miedo, el estado de vigilancia y el intervencionismo

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Cynthia

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MensajeTema: La herencia del 9-11: la narrativa del miedo, el estado de vigilancia y el intervencionismo   Vie Mayo 01, 2015 10:08 pm

La herencia del 9-11: la narrativa del miedo, el estado de vigilancia y el intervencionismo

El verdadero significado de los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 2001 es que sirvieron para justificar un estado de vigilancia global y alimentar la máquina perpetua de la guerra (que necesita de una narrativa que fertilice el terreno)

- 11/09/2014




Varios años me interesó la posibilidad de que los ataques del 11 de septiembre de 2001 pudieran haber sido perpetrados por el mismo gobierno de Estados Unidos o hasta por un poderoso grupo detrás del gobierno, omniabarcante, siempre en la sombra que usaba el tablero geopolítico del mundo como un escenario ritual (un teatro de guerra o un teatro masónico). Fruto de este interés, que alguien podría llamar paranoico, compilé este texto que en su momento pretendió ser una “guía definitiva” de las teorías de la conspiración en torno a esta fecha (mito e hito). A 13 años de esta fecha, me ha dejado de parecer importante “saber la verdad” o llegar a una resolución. Me resulta menos inquietante existir en la ambigüedad y seguramente también me parece menos trascendental descubrir que las cosas fueron o no manipuladas y orquestadas desde dentro (el famoso inside job). No cambia mucho mi existencia; antes pensaba que esto era determinante porque significaba que el ciudadano promedio vivía en una enorme ilusión, en una realidad manipulada por oscuras fuerzas y eso era algo que no podía soslayarse (como si debiéramos o pudiéramos hacer algo al respecto). A la vez, cada vez me parece más difícil e inútil desbrozar el inconmensurable legajo de información y desinformación que coexisten en torno a este tema. Quizás el sentido más amplio del 9-11 pueda tener que ver más con cómo un hecho en el tiempo, al pasar por el filtro espectral de los medios y las creencias, puede burlar nuestra noción de objetividad, de realidad y ficción, y ser los dos y ninguno, sí y no, como si las dos torres gemelas fueran la superposición de estados del famoso gato cuántico de Shrödinger o como ocurre en la serie “Fringe”, en la que en un universo paralelo las torres gemelas existen y en otro no –y estos universos empiezan a mezclarse.

Más allá de esta paradoja que podemos ver en la naturaleza del 9-11 (como holograma de la política global), hay algo que sí cruzó de manera contundente la frontera de lo real y permaneció. Como los grandes mitos de una cultura, lo que sucedió el 11 de septiembre se convirtió en un punto de quiebre en el tiempo que generó una especie de historia de creación o una narrativa fundacional, un mito al que regresamos y alrededor del cual orbitamos (un agujero negro en torno al que oscila la política local y global de Estados Unidos). El 9-11 no es un hecho aislado, una singularidad sin parangón en la historia (como vio Baudrillard); es parte de un continuum que ha utilizado políticamente la amenaza xenofóbica para controlar a la propia población y extender el poder del estado usando las tecnologías de la información (la ecuación entre saber y poder). Pero no hay duda de que esta fecha marca un hito en tanto que evidenció de manera más clara esta tendencia del Estado a amordazar y agazaparse sobre sus propios ciudadanos ante una amenaza (real o frabricada). En este sentido no hay duda que el regimen del terror propagandístico cayó sobre los propios ciudadanos, y no ese día sino los días que han seguido. A la vez que aceitó más la máquina perpetua de guerra, de la cual son víctimas cientos de miles de personas en países islámicos que se ven arrastrados por las casualidades de la guerra y que son discriminados por ser parte de un pueblo que supuestamente amenaza la libertad construida por la democracia.

Lo real y concreto que podemos extraer de lo que sucedió el 9-11 es el consecuente estado de vigilancia global (el prisma panóptico de la NSA, por ejemplo) y la continua polarización de la narrativa (eso que motiva moralmente al gobierno y justifica su extensión) en búsqueda siempre de enemigos que permitan dinamizar el complejo militar industrial. En cierta forma el “show business” tiene que seguir y, como una entidad económica viviente –sin necesidad de recurrir a un oscuro plan maestro–, encuentra la forma de encender la máquina para sobrevivir (la guerra y el despliegue de tecnología militar es la forma en la que el sistema sobrevive y la economía satisface la manda de crecimiento perpetuo). Así, de Al-Qaeda a ISIS, un mismo arco dramático une la historia; los nombres y los rostros cambian, pero es el mismo papel el que se representa en la obra. La tesis que triunfa siempre es que la guerra es un medio para conseguir la paz (¿pero no será que la guerra también es un medio para conseguir activar la economía y mantener el poder en manos de unos cuantos?).

No se necesita ser una analista esotérico o tener un gran discernimiento para darse cuenta de que el 9-11 ha desencadenado un complejo aparato de control y vigilancia que hace palidecer lo sucedido ese día en términos de daños cuantitativos (limitándose a los hechos producidos por la reacción militar de Estados Unidos, se podría argumentar que la muerte de 2 mil y pico neoyorkinos significa cualitativamente más que la muerte de cientos de miles de iraquíes o afganos). No necesitamos recurrir a Chomsky para que nos lo vuelva a decir, pero quizás nos pueda servir la sensibilidad de un artista. El músico de R.E.M., Michael Stipe, ha escrito un editorial para The Guardian en el que critica la memoria de los hechos encarnada en la Freedom Tower que se alza donde las dos torres fueron derribadas (en realidad tres: cerca de ahí, también el WTC 7):

La Freedom Tower tenía la intención de inspirar patriotismo y en cambio enarbola los lados más oscuros del nacionalismo. Los ataques del 9/11, la respuesta de la administración de Bush, cargada por los medios, y nuestro shock al haber sido víctimas directas del terrorismo zanjaron el camino para un nuevo giro de “no tenemos nada que temer más que el miedo mismo”. Dejó de haber la necesidad de explicar o debatir públicamente el uso de poder militar, o el estado mental policial. Esto es lo opuesto a ser patriota.

Stipe tiene la claridad para ver cómo se teje una narrativa que no tiene que ver con lo que en realidad sucedió ese día sino con cómo se puede retransmitir para avanzar una agenda y justificar ante la opinión pública una serie de políticas que existen antes e independientemente de lo sucedido (lo que en la prensa estadounidense se conoce como el “spin”).

Cada vez más, lo que “sentimos” de nuestra historia colectiva parece algo que ha sido manufacturado, e inyectado en nosotros, más que una emoción verdadera. Todo está enmarcado por la sensación de que la realidad ya no existe, o al menos no en una forma que pueda cambiarse o cuestionarse.

* * *

Poco antes de que se cumplieran 13 años de los ataques del 11-S, Barack Obama anunció una nueva ofensiva militar en Medio Oriente, una nueva tormenta del desierto, esta vez en contra de ISIS. Parece una forma congruente de rememorar lo sucedido hace 13 años, una forma de continuidad en la trama. Aunque hace un año Obama había enunciado “el fin de la guerra perpetua”, algo que celebró el New York Times. Ahora Obama anunció nuevos ataques aéreos y los medios lo respaldan otra vez –se sigue tejiendo la narrativa desde dentro: el New York Times vuelve a avalar la decisión y el mundo sigue aceptando que es necesario acabar con la amenaza de la democracia y la libertad que “significan” grupos terroristas islámicos.

http://pijamasurf.com/2014/09/la-herencia-del-9-11-la-narrativa-del-miedo-el-estado-de-vigilancia-y-el-intervencionismo/
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